jueves, 24 de agosto de 2017

Mamá

¿Y cómo se retoma un blog abandonado hace años?
Pues no tengo ni idea, la verdad. Muchas noches como ésta, de insomnio, me lo he preguntado, y solo se me ocurre escribir algo, y ya veremos. Mis antiguos posts son tristes. Este blog me servía de pasatiempo cuando tenía a mi madre enferma, una enfermedad que me absorbió hasta la depresión, y que no sé cómo habría acabado cuando acabó de sufrir ella, de no ser porque me enteré de que estaba embarazada de tres meses.
Mamá empezó a sufrir pequeños ictus que le fueron borrando partes del cerebro. Con cada uno, una lamparita de la cabeza se fundía, y no había recambios para mamá. Después del que hizo nueve, el neurólogo le dio el alta y un beso en la frente. Fue su forma de explicármelo clarito, ya que yo no aceptaba sin más aquél alta médica. Eso fue unos dos años antes de morir, y ya llevábamos tres o cuatro de demencia vascular, no me acuerdo bien.
Poco a poco, aquella almita en pena que había sido siempre mi madre fue cambiando. A veces era como una niña, desvalida y llorona, y a veces una déspota exigente que nos tenía locos a mi padre y a mí.
Aún está todo muy reciente y no tengo ganas de entrar en detalles, y suena a tópico decir que fue muy duro.
A veces mi desesperación me obligaba a hacer locuras, y hace dos primaveras, tras una Navidad que, según el médico de cabecera, ella no iba a superar pero que, por sorpresa, acabó con mamá comiendo gambas, patatas fritas y cocacola... (no contaré los fuegos artificiales de aquella nochevieja pero en mi mente escatológica han quedado grabados para el resto de mi vida), me dio por pintar la casa. Empecé con un pasillo con manchas de humedad, y acabé comprando dos toneles que peleaba por vaciar en techos y paredes cada día cuando salía del trabajo, y fines de semana completos. Me dio una tortícolis, un lumbago, empeoró tanto la artrosis de mis dedos que no podía ni coger una cuchara... y yo me atiborraba de antiinflamatorios y calmantes y p'alante.
Así no me dí cuenta de que no tenía la regla desde vete tú a saber, y al recibir la noticia, todo fueron carreras y viajes a urgencias para descartar un millón de malas posibilidades y peligros, entre los cócteles molotov que había estado tomando y mis cuarenta y cuatro tacos.
A todo esto, aclaro que me enteré un catorce de julio a las nueve de la mañana. Me fui a trabajar en shock, y al día siguiente me iba de viaje de novios con mi recién estrenado marido después de doce años de vivir en pecado según mi madre que ya ni se acordaba de haber dicho eso nunca, ni pudo asistir a la boda, y encima se murió tres días después.
Mi padre la sobrevivió cinco meses justos.  No tuvo fuerzas para esperar que naciera su última nieta, aunque todos sabemos que la adoró sin haberla conocido, la llamaba por su nombre, y contaba en el calendario los días que faltaban para que naciera y así, poder irse con mamá contándole qué carita tenía. Pero como siempre había sido un cagaprisas y no tenía paciencia para nada, pues tampoco la tuvo para esperarse porque la niña se retrasaba en desalojar, y él no veía el momento de irse con su Carmelita.
Y nada, que después de toda una vida juntos,me abandonaron los dos en menos de medio año.
Y nació Marina una fría tarde de febrero, y mi corazón entró en calor de nuevo cuando su papi me puso en los brazos aquella cosita rosada y perfecta que sigo sin comprender cómo pudo crear mi cuerpo viejo, feo y cansado.


viernes, 24 de julio de 2015

Fases, ciclos y cuarentonas.

      


Esta noche de insomnio (por suerte son pocas) , he encendido el portátil por primera vez en días . Lo primero que vuelvo a encontrar por ahí es el sentencioso escrito que circula por las redes desde hace unos años , falsamente atribuído a Meryl Streep . Quienes como yo misma os lo sepáis de memoria ya , pues saltáos este copiar y pegar de abajo , y los que no ahí lo tenéis :

      “Ya no tengo paciencia para algunas cosas, no porque me haya vuelto arrogante, sino simplemente porqué llegué a un punto de mi vida en que no me apetece perder más tiempo con aquello que me desagrada o hiere.
      No tengo paciencia para el cinismo, envidias, críticas en exceso y exigencias de cualquier naturaleza. Perdí la voluntad de agradar a quién no agrado, de amar a quién no me ama y de sonreír para quién no quiere sonreírme.
      Ya no dedico un minuto de mi tiempo a quién miente o quiere manipular a mí misma u a otras personas. Decidí no convivir más con la pretensión, hipocresía, lo superficial, la deshonestidad y elogios baratos.
      No consigo tolerar la erudición selectiva y la altivez académica. No me ajusto más con la barriada o el chusmerío. No soporto conflictos y comparaciones.
      Creo en un mundo de opuestos y por eso evito personas de carácter rígido e inflexible.   En la amistad me desagrada la falta de lealtad y la traición.
      No me llevo nada bien con quién no sabe elogiar o incentivar a las personas.
      Las exageraciones me aburren y tengo dificultad en aceptar a quien no gusta de los animales.
      Y encima de todo ya no tengo paciencia ninguna para quién no merece mi paciencia“.

      Así nos sentimos muchas y muchos cuando ya hemos dejado atrás los cuarenta , lo que pasa es que no sabemos escribirlo tan bien . La vida es distinta de cuando teníamos veinte , y treinta , y hasta treinta y cinco . Salvo contadísimas ocasiones , hemos aprendido a ignorar a las personas tóxicas , como está de moda llamarlo ahora , antes eran gente petarda e imbéciles , y nos preguntamos con frecuencia si no seremos nosotros mismos una de ellas , cosa que no nos hubiese pasado por la cabeza plantearnos hace unos años . 
      Si somos mujeres y hombres medianamente sensatos como es de esperar a esta edad , o , para que me entendáis , hemos comprendido que ser "bohemio", "rebelde sin causa" , "libre y despreocupado por el mañana" es símbolo de ser guay a los veinte años, pero suena patético y ridículo a los cuarentaytantos , tendremos ya una familia volando del nido , unos padres que envejecen , unos hermanos que se alejan con sus familias propias , que como la nuestra , crece cada día como debe ser , alejándose del núcleo original . 
      Mucha gente me pregunta por mi próximo libro , por la traducción del primero, por lo que hago escondiéndome del "mundo" , por qué he dejado de publicar en Facebook y encima he borrado mis "¿mejores?" posts . Algunos me dicen que olvido felicitar los cumpleaños en las redes , compartir cosas super importantes , poner "me gusta" a todo el mundo para que me los devuelvan ... Y seguir publicando mi día a día en las redes para que los otros lo cotilleen . 
      ¡Ojo! No lo critico . Cuando estoy en otro ciclo , paso horas haciéndolo , y es normal que los conocidos se mosqueen si desaparezco sin más . Los amigos y familiares en cambio , saben que en verano es cuando más trabajo , en mi profesión , no en mi afición , dos mundos que son polos opuestos , moviéndome entre círculos de personas totalmente antagónicas , donde no puedo hablar de ciertas cosas sin que me miren como si me hubiera salido un tercer ojo en la frente , o un segundo en el culo . Me cuesta horrores salir de un mundo para entrar en el otro, aunque es parte indispensable de mi vida , y si se molestan los conocidos que pese a imaginárselo pretenden que satisfaga todas las obligaciones del día , tienen un problema . 
      Casi no puedo satisfacer las peticiones diarias de mis hijos semi adultos para que pase más tiempo escuchándoles en vez de ir corriendo todo el rato de un lado a otro (que realmente, eso es lo más importante ), los de mi pareja para que deje de torrarle la oreja con mis nimiedades y aprenda a amar el trekking , la natación y el ciclismo de carretera , los de mi madre para que escuche todas las partes del cuerpo que le han dolido mientras yo no estaba a su lado y así hacerme sentir fatal , y los de Facebook , Whatsap , y seriespaquito para obligarme a mantenerme despierta más allá de las 22'30h . Porque mi reloj interno cuarentón me despierta sin falta antes de las 7 de la mañana , y la lavadora , la plancha , la escoba y los pelos de gato que ruedan en bolas grises por el pasillo esperan pacientemente a que les llegue el turno antes de que pongan las calles . 
      Así que , a tres días de cumplir 44 años, puedo asegurar que , como en el escrito de quién sea , yo también he perdido la paciencia para soportar lo insoportable . A los amargados que pretenden amargar a quienes se les siente al lado, a los mentirosos y los falsos , (que a mi edad se les cala a la segunda frase) , a las personas de alma negra que por celos , dinero , presunción , o lo que sea , son capaces de destruir una familia con tal de salirse con la suya , ya sea mediante el arte de las críticas , el vacío , la ofensa directa ... y soy yo quién les ignoro de una ficticia patada en el culo. A mi edad , una ya no se molesta en ser hipócrita más que con quién merece la pena , como debe ser . A los demás , el esfuerzo de enfadarme no merece la pena , es su problema , no el mío, y los malos actos siempre acaban pagándose caros . 
      No me merecen respeto las personas que no les gustan los animales , ni las que no leen ni ven películas , y como tengo una edad , lo digo y me quedo tan tranquila . Porque yo tampoco caigo bien a todo el mundo , y ni me importa ni lo necesito . Nadie lo necesita . Quienes a diario presumen en las redes de tener un millón de los mejores amigos del mundo , y las familias más felices , y las vidas más llenas de diversión sin que parezca que trabajen nunca , me dan mala espina porque solo están mintiendo , así que ni me molesto en mirar sus reality shows de Instagram y demás . Al menos los catetos de telecinco cobran por hacer payasadas .
      
      El otoño volverá , y yo volveré a cambiar de ciclo. Pero la experiencia me acompaña en todos ellos . Y lo que una vez, con 20, 30 años , fueron nervios , estrés , enfados , tristezas ... se han ido convirtiendo en silencios y borrones de personas inútiles en mi vida , a las que he conseguido eliminar para siempre .  Mis hijos se emanciparán, en poco tiempo querrán hacerme abuela contra mi voluntad (y con la boca pequeña) , y se impone cambiar de costumbres y malos hábitos adquiridos . Porque las personas importantes son las únicas que se lo merecen , y por quien debo y quiero hacerlo aunque pierda otras en el camino . Si deseo perderlas aunque algo me pinche el alma al reconocerlo , es que no pertenecen a ese nuevo ciclo . Y a nuestra edad , esas cosas se saben . 
      Así que , volveré . A escribir , a responder , a compartir posts y poner "me gusta" en los vuestros . Este verano de calor infernal , disculpadme , pero la vida real me llena todas las horas del día , a mi pesar . 
      

martes, 2 de junio de 2015

Fue en los años del hambre

   
En el año 1964, José tenía treinta y siete años, cuatro más que su mujer, y tres hijos de quince, trece y cuatro. Hacía dos que había perdido todos los dientes mientras trabajaba en el turno de noche, en una fábrica de fundición de hierro. Se cayó de cabeza al pozo mientras limpiaban. Un compañero lo salvó de morir quemado vivo al sacarlo por los pies, pero desde que se recuperó, empezó a beber cada día más y más, y en ese año era casi un alcohólico. 

      Cuando acababa su turno en la fábrica, repartía agua por todo el pueblo con un carro y una mula, propiedad de su padre, que tenía siete más. 
      Pero todo ese trabajo no bastaba para dar de comer a su familia. Su mujer, desde los doce o trece, no lo recordaban bien, trabajaba en la fábrica de aceitunas. Todo el año calzaba unas sandalias de goma, que en la fábrica eran útiles, ya que la salmuera corría por los pies de las mujeres salpicándoles hasta los tobillos, pero en los crudos inviernos la mujer se envolvía los pies en papel de periódico antes de salir a la calle con sus sandalias, porque el frío le hacía perder la sensibilidad en los dedos.
      Sobrevivían gracias a la generosidad de una vecina, la dueña del colmado, que les daba a sus hijos pan con manteca y muchos huevos, que en su corral no escaseaban. Los huevos casi habían matado a la niña mayor hacía unos años. Comía tantos que tuvo un ataque de algo y se llenó de ronchas por todo el cuerpo, además de muchísima fiebre.
      Lo de la segunda hija había sido peor. Con ocho años, justo después de la procesión del Corpus, la niña cayó inconsciente al suelo. José, dando empujones a la multitud, se echó a su hija al hombro, se subió a su bicicleta, y la llevó hasta el hospital de Sevilla, a unos treinta kilómetros. La pequeña estaba tan delgada que el padre pensó que la llevaba muerta ya. De hambre. 
      Le hicieron varias transfusiones de sangre y la estabilizaron. Al cabo de unas semanas, la mandaron a casa recomendándole buenos alimentos. Carne, pescado y verdura. De ésos que no aparecían en las cartillas de racionamiento. 
      El último mazazo de José antes de tocar fondo fue la muerte de su hermano, arrastrado por la miseria de la forma más cruel que se pueda imaginar.
      Cada día, José acababa de trabajar y se metía en el bar a beber hasta que no podía más, hasta que tenía que arrastrarse a su casa y sus hijos ayudarlo a subir y meterlo en la cama. Así no tenía tiempo de pensar, pero la mañana llegaba, y la realidad le volvía a golpear, un día tras otro. 
      A final de semana cobraba en la fábrica, y después de pagar todas las rondas que debía, volvía a casa avergonzado y con los bolsillos vacíos, donde su mujer lloraba sin consuelo y le gritaba que era un borracho. 
      Un cuñado de José, un buen hombre al que quería como un hermano, había emigrado a la isla de Mallorca hacía un año, cuando al fin recibió noticias de él. Le decía que le esperaba. Que allí había futuro. Que le mandaba el billete de barco y lo esperaba con los brazos abiertos.
      —«Vente Pepe, que aquí no hay miseria».
      El hombre no escuchó a nadie más ni hizo caso a los llantos ni las súplicas de su familia. Soñaba cada noche con aquella frase de Paco, y su cuñado era un hombre cabal. Si él lo decía tenía que ser verdad.
      El padre de José había sido conductor de tren, así que el viaje hasta Valencia también lo tenía pagado. Con ayuda de su mujer y las niñas, buscaron un cartón grande y duro, y lo convirtieron en una maleta, que cerraron atándola con cordeles.
      El día de la partida los llantos y las súplicas arreciaron, pero el hombre prefería cualquier cosa, hasta ese drama que le estaba partiendo el alma, antes de ver día a día cómo iban a morir de hambre y miseria, así que no se doblegó, como no volvería a hacerlo jamás durante el resto de su vida. Llevaba el dinero que su madre le pudo dar para comprar uno o dos bocadillos durante el viaje, dos mudas de ropa, y un corazón roto. Nada más. 

(continuará...)
      
      

Desde la última vez ...

     
La última entrada del blog es de hace meses . En este tiempo han pasado muchas cosas , algunas buenas y otras no tanto , como en el día a día de todos . La verdad es que estar en paro es algo que me da muchísimo trabajo . En febrero me volví a encontrar ante la horrible fachada del edificio maldito , rellenando los malditos formularios para cobrar la maldita miseria que no llega ni al importe de una ayuda familiar . 
      No voy a ponerme ahora a debatir sobre si eso debe ser normal o no, lo tomas o lo tomas , apechugas, y llegas a casa bajando un poco el termostato del calentador de agua, guardando en el trastero radiadores hasta dejar los imprescindibles, y diciendo a los presentes que usen menos papel higiénico y que los refrescos , para el fin de semana . Total para nada . En cuanto cobras , los recibos se lo comen todo , si es que el banco no lleva ya diez días avisando de que estás en números rojos . 
      Mi ultima entrada en este blog la titulé "La jaula y el sombrero", y era una entrada triste , una redacción para un taller que sigo , y que sin darme cuenta personalicé porque era lo que ocupaba mi mente en ese momento . 
      No me imaginaba yo en ese momento que la situación con mi madre empeoraría tanto en tan poco tiempo. Sufrió una embolia , y perdió totalmente la cabeza , con lo cual , si ahora encontrara un nuevo trabajo basura debería decidir por primera vez en estos dos últimos años si vale la pena . 
      También han pasado cosas buenas. La gente que lee mi novela sigue diciéndome que les ha encantado, y que esperan la próxima . Y lo mejor es que la editorial Nova Casa me ha comprado los derechos para publicarla en catalán , con lo cual no puedo estar más feliz en este sentido . ¡Si solo pudiera vivir de escribir, no necesitaría nada más!
      Es triste ser pobre , pero mucho más serlo sabiendo que podría haber sido mucho más llevadero . Al cabo de quince años , la fiscalía de menores encontró entre sus montañas de basura insignificante las denuncias por impago de pensión del padre de mis hijos . También por ese lado fue un comienzo de año muy duro . Otro juicio, aunque solo nos citaran como testigos la incomparecencia ya habitual del susodicho, el mazazo de escuchar a cuánto asciende la deuda , y el remate de que digan que lo han investigado y el acusado tiene medios más que suficientes para hacer frente al pago. Y nosotros quince años malviviendo por su culpa, conmigo trabajando en dos sitios a la vez y sin ver a mis niños más que para regañarles por dejar las luces encendidas. 
      Ahora todo eso pasó. Ya no existen aquellos niños. Son dos adultos alegres y responsables , resentidos con su padre, claro , que aún nos vemos nosotros en juicios y él ni para eso se inmuta . Y que no pagará, también lo sabemos . Antes irá a la cárcel . Pero él se perdió tantas cosas, que ningún dinero del mundo le devolvería . 
      Y si yo me he perdido cosas de la vida , como tener amigos , salir, reír incluso, me da lo mismo . Porque yo no abandoné nunca , luché , lloré , trabajé hasta perder la salud y las fuerzas , pero hoy estoy aquí con ellos , lo seguiré estando para siempre , y eso es lo único que importa . 
      Y que mi madre siga dando guerra e impidiéndome escribir a gusto durante mucho tiempo más . 

miércoles, 28 de enero de 2015

Una jaula y un sombrero


      Cuando sonó el teléfono , Marina acababa de llegar de la calle. Aún no se había quitado el abrigo 
 y en su mano , el sombrero de lana que había comprado en unos grandes almacenes por un 
impulso absurdo , pendía olvidado .
      Se aclaró la voz antes de responder . Era un número desconocido , y eso siempre la hacía pensar 
en las empresas que tenían su currículum . Pero era una mujer la que estaba al otro lado de la línea .        
       Una vecina de su madre . Marina se inquietó . No entendía muy bien las palabras arrastradas de 
aquella mujer que sufría Parkinson . La cortó como pudo , y se dejó caer en el sillón más cercano .
      Esa mañana , en lugar de ir a levantar a su madre , había decidido ir a dar un paseo por la ciudad . 
Estaba cansada . Sus hermanos trabajaban , se divertían , salían con sus familias y amigos , y no se 
acordaban de visitar a su madre más que en fechas señaladas .
      Era Marina , la solterona, la que estaba en paro y sin cobrar , la que se ocupaba de la anciana . 
Esa mañana , mamá había ido a contar a la vecina que se había caído en el baño , y que su hija no 
había estado allí . Lo más probable es que no fuera cierto . Su madre la criticaba constantemente . 
Mentía , a sus vecinos , a sus propios hermanos , y Marina no podía pasarse la vida justificándose . 

Era agotador .       
      Las lágrimas corrían por sus mejillas . El periquito empezó a revolotear en su jaula . Un rayo de 
Sol lo había alegrado , y , piando , reclamó la atención de Marina , que se levantó del sillón 
reparando en que aún sostenía el sombrero gris entre sus dedos . 
      Lo dejó caer  y se acercó a la jaula . Quería huir . Irse lejos . En algún lugar del mundo debía 
haber un hueco para ella . Un trabajo, un nuevo hogar . Nadie la echaría de menos aquí . Quizá París 
o Barcelona , tanto daba . Una punzada de dolor le recordó a su vieja madre , sentada en su piso 
húmedo . Seguro que a estas horas , aún estaba sin desayunar ni vestirse . Cogió la jaula , y la acercó 
a la ventana . Abriendo la portezuela , intentó que el perico saliera volando , a un lugar donde 
pudiese ser feliz , donde no existieran obligaciones ni remordimientos . Solo libertad . Pero el 
pajarito , tras pensárselo unos momentos , saltando desde la mano de ella al alféizar , revoloteó 
ruidosamente hacia dentro de la sala y se posó sobre el sombrero gris .
      Marina , con una triste sonrisa y los ojos húmedos , comprendió . Cerró la ventana , se puso el 
sombrero , y cogió la llave del piso de su madre . Su rostro triste y cansado parecía solo el reflejo del 
que había entrado hacía unos minutos en la casa cuando volvió a salir .

lunes, 12 de enero de 2015

PCL 2... los spoilers continúan


[...] Habíamos llevado pan y embutidos, y cenamos a la luz de las velas. Dormimos en una de las enormes y antiguas camas, y al amanecer, antes de que saliera el Sol estábamos levantados, para visitar la capilla e irnos antes de que nadie se percatara de nuestra presencia, ya que por ahora no nos interesaba.
Pablo introdujo la gran llave en el orificio, la giró, y tuvo que empujar con todas sus fuerzas para abrir la enorme puerta. Habíamos llevado una linterna, y dimos una vuelta alumbrados solo por aquel resplandor. Pablo decidió que su estudio estaría allí, una vez derribado el altar. Y abajo, el laboratorio para investigar.
Bajamos a la cripta, donde se encontraba toda aquella estirpe de apellidos rimbombantes en sus tumbas blancas. Cuando todo hubiera acabado, deberíamos buscar un lugar más apropiado para ellos, donde no molestáramos su sueño eterno, y siendo prácticos, donde no estorbaran las paredes.
Lo primero sería limpiar todo aquello. Y encargar cristaleras nuevas para que no entraran más palomas. Mientras organizábamos, oímos un ruido arriba. Pasos. Alguien había entrado. Nos quedamos en silencio y sin movernos. El corazón se me iba a saltar por la boca.
Una luz nos llegó desde arriba de la escalera. Pablo intentó apagar la linterna, pero le temblaban las manos, y se le escurrió. Al caer rodó sobre sí misma, Pablo la cogió rápidamente, le dio al botón que no era, y se encendió la luz roja parpadeante de emergencia. Al fin dio con el dichoso botón de off y la pudo apagar. Se oyeron pasos rápidos. Creímos que se habían marchado y empezamos a subir lentamente, agarrados al pasamanos. Yo iba delante, y al llegar al último escalón, mi mano tocó algo. Una linterna, la misma con la que nos habían iluminado. La cogí sin pensar, cuando volvimos a oír pasos de alguien que entraba. Nos metimos detrás del altar, pero la linterna que tenía en la mano estaba encendida e iluminaba hacia el techo. Los pasos cesaron, y de golpe volvieron a oírse corriendo hacia fuera. No podíamos quedarnos allí, no queríamos que nos descubrieran, y el sol empezaba a salir ya. Dimos un rodeo pegados a la pared y salimos. Vimos una furgoneta blanca, con un rótulo que decía Vidrios Nordiola. Dos hombres estaban dentro. El del lado del pasajero abrió la puerta, se bajó, manoteó un momento, se subió otra vez al vehículo y salieron a toda prisa, dejando abierta la barrera. Cerramos la puerta de la capilla, nos metimos en el coche y nos fuimos a casa. No tardaríamos en saber quienes eran los extraños silenciosos.      
Al cabo de tres días, una periodista llamó a Pablo. Lo que le dijo lo dejó boquiabierto. Era la presentadora de un programa de la televisión local, que se llamaba «Misterios Isleños». Una mujer, la supervisora de una empresa de trabajo temporal que se dedicaba a la contratación de personas con alguna minusvalía, había recibido la visita de dos jóvenes sordomudos de su plantilla, que ella misma había recomendado como cristaleros para una gran empresa. Los chicos habían ido a decir que no querían volver al lugar donde les habían enviado a trabajar.
Le contaron que a las cinco de la mañana, se habían dirigido a la finca «Sa Torre», en el término de Llucmajor. Les habían encargado tomar medidas para las cristaleras de una capilla. Al llegar, la puerta estaba entornada. Uno de ellos llevaba una linterna, que encendió y colgó del pasamanos de la escalera, dejando a su compañero un momento solo, mientras él volvía a la furgoneta a coger unas herramientas.

Pero el que había quedado dentro, salió corriendo del interior. Por el lenguaje de signos, le dijo que había visto luces, primero blancas, y luego rojas y parpadeantes. Que las lucen venían de la cripta, y que él no volvía a bajar ahí. Se metieron en la furgoneta y huyeron sin mirar atrás. La historia había ido circulando hasta llegar a los productores del programa de misterios. Y buscando en internet y en los archivos de noticias locales, habían encontrado los cómics de Pablo que tenían la «Torre Siniestra» como escenario. Querían saber si les concedía una entrevista para el programa. Ya volvíamos a tener problemas. [...]

viernes, 9 de enero de 2015

Más de treinta mil euros

      Cuando el fiscal de menores recitó la cantidad adeudada , la mujer no lo procesó hasta pasadas unas horas . Treinta y un mil doscientos euros, en concepto de manutención impagados . Diez años , a razón de ciento treinta euros por cada uno de sus niños . En la cama , la mujer se miró los dedos deformados por la artrosis . Esos dedos que no tenían más que cuarenta años , destrozados de fregar , tirar , empujar , levantar , acostar ... sus dedos no se podían recomponer con dinero . Ni sus cervicales , ni su alma .
      La primera vez , hacía ya tantísimo tiempo , que le dijeron que "él" "debía" pagar una manutención a sus hijos , la mujer pensó que solo con no volver a verlo nunca más serían felices .             
      Ella trabajó muy duro, pagó las facturas puntualmente.
      Pidió prestado a los allegados en tan contadas ocasiones , que casi ni lo recordaba . —Aunque seguro que ellos sí , —sonrió hablando a sus dedos.
      Los niños habían crecido con arroz hervido y tomate frito , sopa de caldo con trocitos de pollo , y pizzas precocinadas, que también salían baratas .
      Recordaba al menos dos Navidades sin regalos . Los niños lo habían comprendido perfectamente. Y también la ropa heredada , y los zapatos de bazar chino . Por ahorrar , había calentado la casa en invierno con braseros de carbón maloliente protegidos con sillas . A veces , al llevarlos al colegio , había olido su pelo al darles un beso de despedida , y una punzada de remordimiento le cruzaba unos segundos por la cabeza . Quizá un día le llamaran la atención . Nadie usaba carbón ya . Apestaba .
      Pero los niños nunca se habían quejado .
      Todo había prescrito. El tiempo había pasado tan , tan deprisa ... Ese último juicio , en el que habían sido citados como testigos los tres , y al que "él" no había comparecido ... —¿le pasaría algo esta vez ? —se preguntó. —No, suponía que no , como siempre , o como nunca .
      Esta era la primera vez que caía en la cuenta de que ésos miserables ciento treinta euros mensuales por niño , eran muchísimos euros juntos . Ella había ganado más que eso . Había tenido que trabajar mucho , sí . De cuidadora , de limpiadora , de dependienta , y a veces , combinando unos y otros en un mismo día .
      Ahora ya no lo hacía . Corrían malos tiempos , y había mujeres mucho más jóvenes y fuertes que ella buscando trabajo . A su edad ,con su aspecto cansado ... cada vez iba peor todo . Sus hijos seguían en casa . Sin trabajo el pequeño. Con trabajo esporádico el mayor. Pero buenos , poco sociables , como su madre , ahorradores , sin caprichos . Se definían a sí mismos como "anticonsumistas" , que quedaba muy bien . Sonaba a rebelde , a diferente.
      Pero esa noche, la mujer era consciente por primera vez de cuánto dinero eran treinta y un mil doscientos euros cuando se los nombraba así como lo había hecho el fiscal.
      Se sentía más cansada que nunca en su vida . Demasiado dinero nombrado. Pensaba en cuánta gente debía tener eso solo en ahorros , por si "pasaba algo". También sabía que nunca ese dinero llegaría a sus manos . Solo pensar que habían dicho que era suyo , que le correspondía , le sonaba a chino .
      Pero de haberlo tenido mes a mes , quizá los niños hubiesen tenido algún regalo aquellas primeras Navidades , y muchísimos más cumpleaños , celebrados solo con risas y bizcochos caseros .
      Ella había renunciado a los regalos desde el principio. No quería nada , porque nunca sabía cuándo el valor de un bolso , un libro o un perfume podía ser una factura de teléfono , o una compra del supermercado .
      Más de treinta mil euros que nunca vería , y una vida de penurias que no podían deshacerse . Pero esa noche durmió casi sonriendo . Le sonaba a música , aunque no fuese a cobrarlos nunca . Ahora resultaba que alguien "le debía" más de treinta mil euros , al menos mientras lo quisiera creer ...

domingo, 2 de noviembre de 2014

Escribir

     

      Nunca podré ser escritora . No me llaméis así, porque no lo soy , ni quiero ser una intrusa en un mundo tan complejo , donde los escritores han trabajado muy duro para conseguir ese honor.
      Por más que me guste escribir, a mis relatos les falta el alma . No será que no me empeñe en ponérsela , ni que no me dé cuenta , es que para escribir, hay que ser muy valiente , y yo soy una cobarde .
      Porque una persona llena de fobias , entre ellas , el pánico a hacer el ridículo , no puede escribir para que otros lo lean . Para eso tengo mi cuaderno , en el que escribo a mano , con mis dedos artrósicos que se empiezan a agarrotar en la tercera línea , hasta que entre el dolor , y que no se entiende una palabra , lo guardo otra vez enfadada e impotente . 
      Quien escribe para que otros lo lean , no puede tener vergüenza . No debe importarle lo que otros piensen sobre los personajes o el tono de alguna escena . 
      Si no se puede una enfrentar a eso , no sirve de nada escribir y borrar constantemente . 
      Si temes que se burlen de ti  en la vida cotidiana , y por ese motivo , personas de alta autoestima y mucha mala leche, te calan en cuanto te conocen y les caes mal por ser como eres , por hablar, por opinar , por esconderte en un rincón cuando hay más de tres personas juntas ... ¿Cómo vas a triunfar en las redes sociales intentando promocionarte como escritora , pero sin querer caer en el narcisismo , sin hablar apasionadamente de un tema , de tu obra , de lo que sabes... ?
      Si te han enseñado a callar , se han burlado de ti , te han vejado a sabiendas de lo poco que necesitas para sentirte ridícula , estúpida , sabihonda , ignorante ... 
      Si al final has acabado por decir siempre que no sabes esto y lo otro , que has dejado de preguntar , de pedir que te enseñen , de querer aprender ; que has acabado por convertirte en estúpida para que te dejen en paz .
      ¿Cómo vas a escribir así ? ¿Cómo vas a "venderte", si tú no crees en lo que quieres vender?
      En un mundo de lobos intuitivos, astutos y crueles , no por voluntad de ser malos en sí , sino por el instinto de supervivencia del más fuerte , ¿Cómo va a sobrevivir el más débil , el último en nacer de la camada , el que no recibió tanto alimento como los demás ? Las crías , desde el primer momento , arrinconan al que menos posibilidades tiene de sobrevivir, y , si pueden , intentan que desaparezca , que muera , que deje libre el espacio que los demás pueden aprovechar mejor . 
      ¿Autocompasión? Decididamente , no .
      Realismo . 
      A no ser que , igual que aprendí a pasar por imbécil a conciencia para que dejen de ridiculizarme , aprenda a convertirme en la mujer asocial que mi sentido de la responsabilidad me obliga a obviar . Ese sería otro largo aprendizaje , pero sin duda , mucho más en consonancia con quién soy en realidad . Esa mujer que nadie conoce , ni yo misma . 
      Que prefiere los animales que a la mayoría de personas .
      Que se encuentra en un estado de bloqueo emocional y mental en el que se introdujo como autodefensa , creyendo que sería una guarida temporal , y resultó ser una jaula trampa , de donde ahora no puede salir .
      En un mundo ideal , donde el dinero no fuera necesario , yo estaría viviendo en algún rincón solitario , apartada del mundo , que no me interesa lo más mínimo . Pensaría y escribiría sobre lo que pienso . Sobre todas esas cosas que solo me interesan a mí. 
      En cambio , como animal de la jungla , después de una hermosa noche soñando con esa vida ideal , despierto con la necesidad de ganarme el sustento , de mantener el nido limpio y mullido , de cazar para alimentarme . 
      Y el sueño vuelve a caer en el olvido hasta que la noche me concede el ansiado descanso .
      

      

miércoles, 14 de mayo de 2014

Fue una tarde de verano



Tres hombres acababan de tomar el primer sorbo de su jarra de cerveza helada , sentados en la terraza de La Cubana , cuando empezaron los gritos .
Acababan de llegar desde la costa , conduciendo a casi 200 kilómetros por hora , para estrenar el último capricho de Miguel . El descapotable reverberaba por el calor del motor recién apagado , mientras los amigos , únicos clientes del bar a aquella hora , lo contemplaban extasiados .
Miguel fue el primero en salir corriendo escaleras arriba  , con el corazón desbocado al oír los gritos que salían del portal abierto de su casa , junto al bar. Era la voz de Marina , su hija de siete años . Olvidando las cervezas , sus dos amigos le siguieron .
Los gritos provenían del dormitorio. Miguel se dirigió hacia allí casi a ciegas , por la penumbra en que se encontraba el piso.
Al llegar frenó en seco, y los otros dos chocaron contra su espalda . Empujando a Miguel , que con su cuerpo tapaba la puerta , lo apartaron para entrar.
En el rincón del fondo, detrás del armario ropero, la niña seguía chillando en cuclillas , protegiéndose la cara con los brazos. Entre sus dedos salían mechones de pelo de los que tiraba con fuerza histérica .
Lo que vieron no fue lo que contarían más adelante, durante el largo juicio.
El pequeño Daniel , de doce años , se encontraba a horcajadas sobre el cuerpo inerte de su madre . Gemía y sollozaba mientras movía las manos sobre el pecho de ésta . De repente, el cuerpo del chico se tambaleó hacia atrás, y alzó los brazos. Un cuchillo de cocina se alzó en el aire, salpicando de sangre la cara del muchacho. Saltó de la cama , y sin ver a nadie, como si solo él y aquel utensilio existieran en ese lugar y ese momento, se lanzó hacia la puerta , de donde los hombres se apartaron asustados ante el niño enloquecido y armado.
Miguel corrió escaleras abajo tras su hijo. Los otros dos aún tardaron unos segundos en reaccionar , y apartar la vista del infernal espectáculo que tenían ante ellos.
Las sábanas blancas se confundían con los encajes del camisón que Ana llevaba puesto y que se le había subido hasta el vientre, dejando al descubierto las bragas del mismo color. Todo lo que había sido blanco resaltaba el violento rojo que manaba como una fuente de su cuerpo... del pecho, de los brazos, del estómago.
La niña seguía gritando desde el rincón , meciendo su cuerpo en la misma postura defensiva . Los hombres empezaron a salir de espaldas, sin poder apartar la vista de la mujer muerta hasta que estuvieron fuera . Entonces corrieron hasta alcanzar la escalera .
Daniel estaba en medio de la calle. Ensangrentado hasta los codos, alzando el cuchillo, que miraba entre lágrimas y temblores que estremecían todo su cuerpo.
Miguel lo llamó por su nombre, el niño se volvió hacia su padre sin bajar el arma , y un grito salió de su boca :
-¡Mamá!, ¡mamá está muerta papá!
-Daniel, dame el cuchillo, por favor, dámelo, dámelo... Miguel sudaba y el sudor se mezclaba con lágrimas. Su rostro estaba empapado de agua salada . (-y Ana de sangre-, pensó.). Cayó de rodillas, sintiendo cómo su alma se rompía de dolor. Su hijo, su único hijo estaba allí, y él no podía creer que todo aquello estuviera pasando.
Sal de lágrimas. Sal de sudor. Sal de mar. El mundo olía a sal y a hierro. El olor de la habitación , de la sangre vertida fuera del cuerpo de la mujer mas hermosa del mundo.
La gente había empezado a asomar de las casas, cerradas a la calima de mediodía. Pero nadie se atrevía a moverse de su portal . Ellos también olían la sal y el hierro, y ese olor perduraría para siempre en aquella calle, en aquel pueblo, y de vez en cuando, pasados los años, un fogonazo de recuerdo les llegaría con una ráfaga de viento impregnado del olor a sangre y sal en los meses de verano, cuando el sol provocaba mareos y nublaba la vista .
Fueron Antonio y Marcos los que consiguieron que el niño dejara el cuchillo en el suelo, tras casi media hora al sol, sudorosos, agotados y aterrorizados todos.
Miguel había subido otra vez, olvidando a su hijo. Lo encontraron llorando, tumbado en la cama junto a su esposa , ahora ensangrentado él también . Aspiraba el olor que emanaba del cuerpo tibio, sin saber bien lo que hacía . Pero si ése era el último aroma que iba a recordar de ella , lo quería introducir en sus pulmones, en su cabeza, en su recuerdo, para siempre jamás. Marina seguía en el rincón , pero ya no gritaba . Su garganta se había roto.
Los servicios sociales se hicieron cargo de ella , que quedó sola y olvidada por todos. Enloquecida y sedada , apenas caminaba ni comía . Ella , que lo sabía todo, no fue interrogada . No sabía lo que ocurrió fuera de aquel manicomio los meses y los años siguientes, ni le importaba. No era consciente de que tuviera que importarle, ni de que ella era la única que lo vio. Nadie fue a preguntarle .
Eso fue lo que encontró la policía del pueblo, cuando llegó el primer coche patrulla , casi una hora después de recibir las llamadas de auxilio de los vecinos .
En julio, en aquel lugar, a aquella hora ... ¿quién hubiera pensado que pudiese pasar algo?. Los cuatro funcionarios del orden se encontraban desviando el tráfico en un atasco a la entrada de la costa . Temporada alta turística ...
Llevaron a Daniel al calabozo . Empapado de sangre . La sangre de su madre , confirmó el forense . En el cuchillo había multitud de huellas, las del chico entre las otras, todas confundidas y sobrepuestas .
Miguel se presentó al cabo de dos días, acompañado por sus amigos . Uno de ellos salió pasada una hora , y regresó con un hombre oscuro y anodino. Un abogado. Éste pidió cita con el comisario. Miguel firmó una declaración . En ella, relataba cómo había asesinado a su mujer .
-¿Móvil? 
-Quería cobrar su seguro de vida para pagar el coche nuevo. Estaba planeado hacía meses .
Y luego se había ido con sus dos amigos y su hijo Daniel a la costa , a estrenar su descapotable. No previó que el chico saltara al llegar y subiera al piso el primero. Debía parecer que un ladrón había entrado y, encontrando a Ana , la había matado para robar.
Durante el juicio, solo la compasión por aquel niño que sollozaba con la frente apoyada sobre la mesa , oculta tras sus delgados bracitos, hizo que lo increíble fuera creíble .
La víctima se encontraba vestida solo con un leve camisón blanco en pleno día . Las sábanas, alborotadas. Como si hubiera estado yaciendo. No faltaba dinero, ni joyas, ni nada estaba revuelto. No había signos de lucha .
La hija , en estado catatónico y demasiado pequeña , tampoco serviría como testigo, y fue descartada .
La sangre tibia , que aún seguía esparciéndose sobre el colchón cuando la policía entró, no concordaba con las horas que , según Miguel, hacía que había abandonado el cuerpo de su mujer para irse a pasear con sus amigos y su hijo.
Pero al tribunal, por las ventanas abiertas, le llegaba el olor a sal y hierro, y querían que aquello acabara ya . Condenaron a Miguel, y el pequeño acabó creciendo con sus abuelos paternos.
Treinta años de cárcel, treinta años de dudas y dolor.
Miguel murió de cáncer sin saber quién había roto su vida y la de sus seres amados.
Sus amigos, los que juraron en falso, nunca volvieron a visitarlo, y, si en algún momento de sus vidas se cruzaron por el pueblo con Daniel, volvieron la cara para no mirarlo. Ellos sí creían que había sido el niño. Ellos y todo el pueblo.
Pocos días después del crimen, un hombre mal vestido, moreno y de mirada huidiza , se enrolaba en un barco pesquero rumbo al norte, para no volver jamás. Había entrado a robar en una casa silenciosa , que, tras un rato de escuchar sin apenas respirar, creyó vacía . Pero la mujer del camisón blanco le encontró en el dormitorio. Debía estar en la cocina, y se abalanzó sobre él con el cuchillo. Solo tuvo que empujarla y apagó sus gritos con el mismo cuchillo que resbaló de su mano por el mismo terror.
(Había una niña pequeña oh dios oh dios mío qué hice...) . 
Debían descansar juntas cuando él entró. La vio al levantar el rostro, con el arma en la mano. Solo con mirarla , la niña se puso a gritar cubriéndose la cara con las manos. Entonces, huyó. Nunca leyó los periódicos. Nunca supo lo que había provocado con su último intento de robo, que por primera y última vez fracasaba .
Antes de un año, el hombre moreno se tiró por la borda del barco pesquero. No podía dormir. Cada vez que el cansancio lo vencía , los gritos de la niña lo despertaban bruscamente, y la delgadez de su cuerpo, que vomitaba todo lo que tragaba a duras penas, no le permitía trabajar en el duro oficio de pescador.
Ilustración: Pau.     escapulanews.blogspot.com.es









lunes, 12 de mayo de 2014

Cuatro kilómetros



La noche que Marta se suicidó , fue un acto tan impulsivo como los que habían dominado todos los hechos determinantes de su caótica vida . Si todos los que la querían , o al menos apreciaban , como ella hubiese dicho, se devanaron los sesos pensando por qué no dejó una nota de despedida , por qué precisamente de aquella forma tan brutal , ninguno hubiese acertado en que no había ni premeditación , ni intención .
No murió en el acto . Su último castigo fue sentir el dolor más grande (quién le hubiese dicho a ella que siempre podía haber algo más doloroso que lo anterior), y su último pensamiento fue :
-¡Oh Dios mío, yo no quería matarme!
Hacía unos segundos , caminaba por el arcén de una carretera secundaria , con un chándal manchado de lejía en los bajos del pantalón , y un forro polar azul marino . Las piedrecillas de asfalto se le clavaban a través de la fina suela de sus viejas zapatillas de andar por casa .
Ya no podía más . A pesar de ser febrero, sudaba por los cuatro kilómetros que había dejado atrás desde que dio el portazo, dejando la cena en la mesa y caminando a paso ligero sin rumbo, hasta salir del pueblo y continuar por la carretera oscura .
Ya casi no recordaba exactamente la escena que la había hecho salir de casa a esas horas . Tampoco lloraba . Sentía las lágrimas resecas en la piel caliente , pero el agotamiento hacía rato que le había quitado las ganas de seguir llorando. ¡Si le venía justo respirar!
De vez en cuando, un coche la deslumbraba , y ella , mareada y con los pies cada vez más doloridos , se tambaleaba un poco, pensando en la posibilidad de caer . Hacia el arcén sucio que a trozos olía a rata podrida , o... hacia los faros.
Su móvil sonó, y ella rebuscó en su bolsillo.
-¿Qué quieres?
-¿Dónde estás?
-Cerca del cementerio.
-Vas a tardar mucho? Tu plato está en la mesa aún. ¿Te lo caliento?
-¿¡Qué!?
Marta no podía creerlo. Estaba a más de cuatro kilómetros de casa , y ni siquiera se habían dado cuenta . Posiblemente creían que se había ido con el coche. ¿Dónde? ¿Es que nadie se daba cuenta de que estaba furiosa , y por eso había salido del piso de un portazo? ¿Cuánto tiempo llevaría andando en zapatillas? Desde luego, hasta que ellos no habían acabado de cenar en paz , libres de sus gritos , él ni se había molestado en llamarla .


En ese momento, unos faros se acercaban rugiendo en dirección a ella . Cegada por la luz , entornó los ojos, otra vez anegados de lágrimas de rabia , y, sin pensarlo , solo dejó que sus pies avanzaran hacia la derecha . Solo un poco. Fuera de la tenue línea blanca del arcén . Esa fue la última estupidez que cometió en su vida . Realmente no quería morir. Ni siquiera había soltado el teléfono, que salió volando hacia el cielo.

jueves, 17 de abril de 2014

Para siempre, Gabo.


Perdidas las musas , la inspiración y la fuerza de voluntad , me obligo a escribir por respeto, porque no puedo dejar pasar que hoy uno de mis ídolos ya es una estrella en el cielo . Inigualable genio de la historia de la literatura mundial , uno de los poquísimos , casi el único , creo , escritor que me ha hecho releer sus novelas , nos ha dejado . Cuando tuve en mis manos "Memorias de mis putas tristes", ya sabía por la prensa que aquella sería la última . Nadie podrá igualar nunca el realismo mágico, el don de los adjetivos que nunca agobian, los adverbios que no sobran, la palabra justa, estudiada y escrita con tanta sencillez como fuerza.

Sé de memoria , a fuerza de releerlo , el comienzo de "Crónica de una muerte anunciada". La fuerza con que empieza es inmensa , te obliga a seguir el relato que sabes desde la primera frase cómo va a terminar :
"El día que lo iban a matar , Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo . Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna , y por un instante fue feliz en el sueño , pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros ."

En "Cien años de soledad", me quedo con las soberbiamente resumidas 469 páginas en una frase insertada en un párrafo , algo a lo que jamás podríamos aspirar a saber hacer casi ninguno de nosotros , simples mortales , ésta es para mí la frase que describe la grandiosidad de este hombre :

Aureliano no pudo moverse . No porque lo hubiera paralizado el estupor , sino porque en aquel instante prodigioso se le revelaron las claves definitivas de Melquíades , y vio el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenado en el tiempo y el espacio de los hombres :
El primero de la estirpe está amarrado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas .

Solo he querido recordarlo como buenamente sé , aunque jamás  le olvidaré , porque Don Gabriel, Gabo , estará para siempre en el lugar más querido de mi biblioteca .
Gracias por haber existido y descanse en paz .

martes, 15 de abril de 2014

Hasta otra...


Hola amig@s. Tengo que deciros a los que entráis en el blog a ver qué chorradas he escrito últimamente , que me despido hasta mejores tiempos . Estoy bloqueada , no puedo pensar en nada entretenido . Me paso horas mirando mis apuntes, pasando de una a otra de mis dos novelas a medias , y al final cierro el ordenador enfadada y triste. Mi cabeza está en blanco.
Además de que estos dos últimos meses escribir era un suplicio físico también . Hace dos meses, me puse a arreglar el jardín para la primavera y el verano. Trasplanté rosales ante la puerta, sembré pensamientos, geranios, crisantemos y claveles. Las rosas han muerto, y las flores no nacerán siquiera . Porque no he vuelto a regarlas, y las flores sin cuidados y cariño se mueren , y yo , por desgracia , no soy el Principito , que estuviera donde estuviera , siempre regresaba a regar su rosa amada y ponerle la campana de cristal para que no le diera el frío de la noche . Aunque si alguna sobrevive, aunque yo ya no lo vea, habrá valido  la pena el haberme dislocado el codo en un lugar donde nadie lo iba a agradecer . Bueno , ni siquiera creo que nadie viera las flores más que yo... pero son flores...
Solo tengo ganas de estar en mi pequeña cala escondida , cuando no hay nadie y solo las olas rompiendo contra las rocas me susurran cosas que no comprendo, pero que me tranquilizan . Es mi infancia , que está allí , y allí vuelvo como siempre , cuando necesito soledad , pero la compañía y el olor del mar .
Hasta más adelante , si puedo volver a escribir .
Adiós y sed valientes en la vida . Lo único seguro , es que el sol saldrá cada mañana , día tras día .

jueves, 10 de abril de 2014

Chopin - Preludio en re bemol mayor Op 28 Nº 15 "Gota de Agua"



Hoy he llevado fotos a imprimir. Muchos años guardadas en una carpeta, esperando un momento que nunca llegaba. No era tan importante, siempre podía esperar. Al fin, el momento ha llegado. Cuando se hicieron muchas de ésas fotos, eran "mis fotos", "nuestras fotos". Al volver a casa, me he encontrado haciendo cuatro montones con ellas. Porque el tiempo ha pasado, y solo quedan las fotos para recordar una familia que ahora son cuatro individuos. Cada cual quiere las suyas. Y si en alguna coincidimos, que tire de ella quién más la desee...
Cuando Chopin escribió este preludio, en La Cartuja de Valldemossa, estaba solo en su celda . Aurore y los niños habían salido a correr aventuras bajo la lluvia . Fréderic, enfermo, febril y deprimido, esperaba su regreso, atormentado por las voces, los fantasmas, y la gota de agua que caía sin cesar en un cacharro de cocina.
De esa tarde de tormenta, del sentimiento de soledad y tristeza, salió esta romántica pieza.

Ni siquiera tras su muerte, aquella historia de amor tuvo más recuerdo que lo que de ella escribió George Sand, escondiendo su relación ilegal tras un pseudónimo, y una supuesta amistad. El único retrato de los -en un tiempo enamorados-, realizado por Delacroix, fue cruelmente cortado y expuesto en dos museos diferentes, en diferentes países. Una historia de amor tan grande, que dio frutos como ese preludio, y como "Un invierno en Mallorca", se acabó para siempre tras la tormenta .
He visto las dos partes del cuadro, y las dos veces he sentido una punzada de pena. Y a cada uno le he dado un beso de parte del otro. Por lo que fueron un día .


miércoles, 9 de abril de 2014

Los gatos dan mala suerte



Esta mañana me he despertado a medias entre el suicidio y el intento de asesinato. Es una mala forma de empezar el día, de verdad. Suena fatal, pero la explicación es peor.
Mi linda gatita, cada mañana al salir el sol, se sube a mi cara, la patea, la empujo, y salta a la mesilla de noche. Entonces, empieza a restregar su hociquito por la lámpara, empujándola hacia mí hasta que me la tira encima. Antes lo hacía con el móvil, el reloj, los kleenex... pero como caían al suelo, buscó algo más contundente: la lamparilla de noche.
Yo ya estaba desesperada, no sabía qué hacer. Es que, encima, es la única que me queda, porque la del otro lado de la cama ya la rompió hace unos meses, pantalla y bombilla, al no acertar la cama y empujar hacia el suelo, y casi nos mata a todos de un infarto.
Mi gran idea de anteayer fue que, antes de que rompiera también ésta, la cambiaría por un cubo de cristal mazizo que tengo en una cómoda y que nunca enciendo, así que toda feliz, ayer por la mañana, con un ojo abierto, espiaba a la gatita subida al cubo sin saber qué hacer, y yo me reía sola, y mi error ha sido confiarme. Esta mañana, tras el pisoteo de cara, riñones y todo lo que le dé por pisar, (por cierto, carente de cualquier ronroneo o cariñito), me he vuelto tranquilamente. Es que eran las 7 de la mañana... y lo siguiente, ha sido notar algo que me rozaba la oreja y rebotaba en la almohada:
¡El cubo!
Ahora entendéis lo del suicidio o asesinato... si me encuentran muerta de un lamparazo, ¿quién va a sospechar de la gata???
Y realmente, hubiera sido un suicidio, porque la lámpara la puse yo ahí, sabiendo que esa gata no es una gata, sino un engendro del demonio... aunque luego le dé besitos, si, lo reconozco...
Por supuesto, esta mañana se ha quedado sin su bol de leche.
Lo mismo me pasa con todo en la vida. Ahora estoy escribiendo aquí hackeando mi propio blog, porque no hay manera de entrar desde ayer, y he tenido que buscar una puerta por el sótano para entrar.
Patético.
Ya sé que tres cosas hay en la vida, y a mí me falta de las tres, pero la tercera, es algo que lo cuentas y no se lo cree nadie. 
A los 15 años, me enamoro de un alcohólico drogata que 25 años después me sigue dando mala vida.
El segundo "hombre de mi vida", 14 años más tarde, resultó ser gay, y yo era tan inocente en materia masculina que tardé meses en saber por qué le gustaban más los perfumes a él que a mí.
Y el tercero ha tardado nueve años en darse cuenta de que un artista no sabe vivir en pareja y que ya no me quiere, porque la convivencia ha sido un desastre... 
Y mi gata intenta asesinarme con el único artilugio de Ikea que no es de cartón ni plástico desmontable.
Eso sí, este ha sido el primer caso de intento de asesinato en la historia en que a la víctima le ha dado un ataque de risa sincera. Debo ser una bruja, porque sigo adorando a la puñetera maltratadora matutina.
Luego la gente usa despectivamente el apodo "loca de los gatos", pero es que l@s que tenemos gatos somos de una pasta especial. 
No voy a decir que es que nos gusta que nos traten mal, porque los perros tampoco se merecen normalmente al tipo de persona que tienen por "amo", "compañero", o como quieran llamarse. Mucho "te quiero perrito", pero yo me fijo en cómo los tratan día a día. 
En fin, a buen entendedor, no sé muy bien lo que digo.

martes, 1 de abril de 2014

Pues vale, hablaré de mí...



Es casualidad, pero desde hace una semana, no hace más que salirme por todos lados información sobre cómo debo y no debo hacer las cosas. Por lo visto, este blog es demasiado impersonal, si no tengo más seguidores es porque aparte de copiar fragmentos de lo que escribo como un anuncio publicitario, nadie encuentra en él nada que le diga algo sobre mí. 
Pues bien, son las 2'30 de la madrugada, y, como tantas noches, estoy escribiendo. Es la mejor hora para mí. Y hoy me he decidido a hacer caso a los consejos, tanto de bloggers expertos como de amigos que me han hecho reflexionar sobre que en ésta forma de vida, no puedo vender mis "productos", sin contar qué clase de persona se esconde tras ellos. 
Sin florituras ni dramatizaciones. Además, contaré lo que me salga de las narices. 
Soy una persona de grandes, grandísimos contrastes en mi vida. No sé por qué, pero yo disfruto poco de los colores del arco iris. En mi vida hay cosas o muy buenas, o muy malas. En medio, poca cosa.
Por ejemplo, fui una niña muy feliz, (qué frase tan manida), y, a los quince años, el mundo se volvió del revés, y ya no quedó nada. Ni el polvo. 
Tuve que dejar los estudios, aunque lo intenté hasta dos años más tarde, pero era imposible. 
Volví al instituto a los 29, y los profesores me animaban a seguir, a estudiar una carrera, pero las circunstancias me obligaron a quedarme con un auxiliar de enfermería. 
Como contraste a lo que me trasladó en el tiempo de los 15 a los 29 años, con lo cual yo nunca fui una joven, esa época no ha existido en mi vida, tuve dos hijos que compensaron con creces todas las cosas malas de mi vida. 
El dolor, el cansancio, el llanto, todo quedó compensado. 
Me quedaron secuelas de por vida, pero después de sobrevivir, debería importarme muy poco lo que la gente que no me conoce juzgue de mí. 
Eso fue un problema durante mucho tiempo. El rechazo de la gente, más o menos descarado, la baja autoestima, incluso la compasión de los bienintencionados me convirtieron en alguien que rehuía las relaciones sociales. 
Pero hay que llegar a los 40 para que realmente no te importe una mierda lo que digan o piensen los demás, os lo aseguro. 
Después de doce años trabajando en la profesión que buenamente pude conseguir robando horas a todo, un día todo explotó. 
La crisis laboral, (dos años cobrando con cuentagotas cada dos o tres meses y mentiras de los jefes) se unió a una personal. Me vi trabajando en un lugar que odiaba. A personas que apreciaba les contestaba mal, en casa lloraba, me puse muy enferma y cada dos por tres estaba de baja. Llegué a pensar cosas horribles, estaba hipocondríaca, y todo era psicosomático. 
También tengo secuelas de eso, contracturas crónicas, y una artrosis mecánica (significa de forzar las articulaciones más de lo que debes). 
La artrosis es lo peor. Ya no podré volver a trabajar en según qué puestos, y mis dedos me hacen avergonzar a veces, porque están retorcidos e hinchados. En cualquier entrevista de trabajo, con 42 años y viendo mis manos, en cuanto salgo tiran mi currículum a la basura. 
Como sabéis, me encanta escribir. Y lo que más me gustaba era llenar libretas y libretas con una letra preciosa que me encantaba a mí misma, y más que la gente me lo dijera . Ahora, solo puedo escribir la primera línea. La segunda empieza a tener tirones en las letras, y a la tercera, mis dedos se agarrotan y tengo que parar. Es una suerte vivir en la época de los teclados...
Ese es uno de los motivos por los que, cuando me quedé en paro, encontrando trabajos esporádicos, retomé la escritura, y mi familia y amigos me animaban a intentar escribir como medio de ganarme la vida. 
Al principio, todo era entusiasmo y horas de trabajo. Poco a poco, fui conociendo el mundo editorial, y al final me he dado cuenta de que para ser escritora y ganarse la vida, no vale una puñeta que escribas cosas buenas o malas. Es que tienes que vivir en un determinado ambiente, ser una persona en concreto... o nunca te van, no a editar, sino ni siquiera a leer. 
Pero este es mi blog, y me dicen que me dé a conocer, que cuente quién soy, y qué sentido tienen éstos párrafos o parrafadas que escribo y que algunas tienen docenas de visitas, la mayoría porque comparto cada entrada en Facebook, pero que no aumenta en seguidores públicos. 
Es que hay blogs buenísimos, súper profesionales, y yo ni siquiera sé casi nada de informática para hacerlo atractivo. 
Así que espero que a los curiosos, os haya gustado lo que he escrito hoy, y que no dudéis en preguntar lo que queráis, sobre lo que escribo, por qué escribo sobre terror, o misterio, o si queréis, sobre mí misma. A eso responderé quizás con reservas..
Ya sabéis que se puede comentar de forma anónima, ni yo puedo saber quién ha sido, (a no ser que sea mi hermana, claro).
Si seguís mi blog, si me comentáis o preguntáis, a lo mejor me animo un poco. Aunque sea para decirme que pensáis que soy una gilipollas. ¡¡Tengo una altísima tolerancia a la frustración!!. Me estoy pasando de sincera, pero a estas horas y con el diazepam no se puede esperar mucho más... aunque a lo mejor aún me tomo un café y me pongo con el segundo capítulo de mi nueva novela... bona nit!


jueves, 13 de marzo de 2014

Mentiras piadosas

     


       La lluvia de esta tarde me ha puesto melancólica. Mis gatos se mojaban en la terraza, y me ha venido a la cabeza una cosa que me pasó hace muchos años y que siempre, aunque intento olvidar, de vez en cuando vuelve a mí sin poder evitarlo. Un pecado muy grave que cometí. 

     Quizás a alguien mi historia le dé para pensar, y si no, para haber perdido el tiempo con mis tonterías. La historia es de cuando trabajaba en la residencia. Trajeron a una mujer no muy mayor con la cadera rota. Por todo equipaje, una bolsa de la compra casi vacía, y la llave de su casa en el bolsillo, de la cual no quería desprenderse. Una noche la oí llorar, fui a su habitación, y llorando me contó su pena: Estaba lloviendo, y se acordaba de su gato, que llevaba solo en casa más de una semana. 
      Yo, con el corazón encogido, le pregunté si no tenía a nadie que fuese a verlo, y me respondió que ni siquiera tenía quien fuese a verla a ella. Estaba sola en el mundo. Le dije que si quería, yo podía hacerme cargo del gato (por supuesto, sin que nadie del trabajo supiera que estaba interviniendo en la vida personal de un paciente), y ella me entregó la llave intentando darme besos en las manos. 
      Al día siguiente fui, y me encontré que en la dirección que ella me había dado había una obra. Habían tirado la casa abajo. Antes de entrar a trabajar, pregunté discretamente a quien sabía que me informaría, y me contaron su historia: La habían llevado allí dos cuñadas. Su esposo había muerto hacía años. No tenían hijos. Seguí indagando. Ella había llegado a la isla hacía muchos años, casi niña, para trabajar. No tenía familia, y su jefe, un campesino adinerado, se enamoró de ella y se casaron. La familia no la aceptó. Que se había casado por dinero, que si forastera, que si muerta de hambre... el matrimonio acabó por mudarse a otro pueblo. 
      Pero la familia política le hizo el vacío, como si ella no existiera, hasta el punto de que, el día que la suegra murió, las cuñadas llenaron de familiares de segundo grado el primer banco del funeral y le pidieron a ella que se pusiera más atrás. Para el hombre, aquel dolor fue demasiado, y se pegó un tiro con su escopeta de caza pocos meses después. 
      Pasaron diez años, en los que las cuñadas esperaron pacientemente. Y llegó aquel día, el que la mujer se rompió la cadera. La abandonaron en el hospital, vendieron la casa (que estaba a nombre de su hermano, no sé con qué legitimidad), y allí entraba yo. Evité a la señora dos días, pero al tercero, me atreví al fin a enfrentarme a ella: Le dije que su gato estaba a salvo en mi casa, conmigo. La desgracia quiso que su estado se complicara, y cada día fue empeorando. Supongo que, simplemente, no quería vivir. Y cada día me preguntaba por su gato, y yo le mentí hasta el final. Pero el Karma, el maldito Karma, se volvió contra mí. Y veo su historia reflejada en mi propia vida. No quiero creerlo, pero en días como hoy, me invade el recuerdo y la mentira me duele. Quizás sí que me merezco saber qué se siente cuando te conviertes en cómplice de la maldad... aunque no sea justo que haya víctimas inocentes que sufren sin que los celos y el odio absurdo dejen ver cuánto daño hacen sin distinción, sin pensar en las consecuencias... 
      Un consejo, cuidad a los vuestros y aprended de lo que ya está escrito.